Circular Faja de Ovelha- Paul do Mar-Prazeres-Faja de Ovelha

 Circulando por una circular entre acantilados y escaleras al cielo.

Esta vez parece que el cielo nos va a dar tregua todo el día. Salimos de la puerta de la casa, lo que siempre "es bien", y enseguida cogemos una vereda que desciende rotundamente. La primera parte del día será una bajada bastante fuerte hasta Paul do Mar. El camino está pavimentado con piedras de río y la mayor parte de las veces está tallada una escalera de escalones muy breves. Creíamos que con el rocío mañanero resbalaría más, pero la bajada se hace de manera sencilla y sin ningún contratiempo.

Recorremos el largo paseo marítimo de la localidad costera. El mar rompe fuerte contra la playa de piedras, acostumbrada a la furia del océano. Vamos animados "solucionando el mundo".

Desde el final del paseo, en el pequeño puerto pesquero, comienza a ascender una escalera. Es la parte más dura del día. La escalera se convierte en una senda similar a la que hemos descendido, con pequeños escalones con piedras que asciende hasta la altura de 500 metros desde cota cero en apenas 3 kilómetros. La subida es exigente y vemos cómo la sufren los pocos senderistas que nos cruzamos.

Al llegar arriba observamos la maravilla del paisaje y seguimos andando hacía arriba en busca del pueblo de Prazares, que ya conocemos de otros días. Tras un agradable paseo nos plantamos en la levada del primer día y esta vez, en vez de buscar la "Central" tomamos el camino de la izquierda en dirección a Faja. 

Esta parte de la levada es mucho más interesante que la anterior, cambia constantemente el paisaje, pasamos entre aldeas y caseríos y la vegetación es más variada. En un momento de la ruta nos cruzamos con un nutrido grupo de excursionistas que ocupan gran parte del sendero, se trata del mismo grupo y el mismo guía con el que tuvimos encontronazo en el PR6. Algunos creen que los senderos son suyos.

Andamos ligeros, con buen ritmo. El cielo amenaza lluvia a veces y descarga un poco de agua de vez en cuando, pero en cuanto paramos para ponernos el chubasquero clarea rápidamente y nos regala unos rayos de sol.

Buscamos el final de la etapa y este se hace esquivo. Hemos pasado hace tiempo la rotonda que tomamos para llegar hasta la casa, pero el camino no desciende, se mantiene a la misma altura. Finalmente tomamos una carretera local y comenzamos un fuerte descenso. Llegamos a la casa en buen momento, con tiempo para preparar la comida y descansar antes de ir a dar una vuelta hasta la capital.

Funchal es una ciudad portuaria no demasiado grande en su parte antigua, sin embargo las se reparten aquí y allá por todas las colinas que la enmarcan. Para subir a los barrios más altos existe un teleférico que se dirige hasta media ladera ya que el desnivel es muy pronunciado.

Están de fiesta por el Festival de flores de mayo y hay puestos ambulantes y música en directo. Algunos madeirenses van ataviados con vistosos ropajes de alegres colores y voluminosas formas en el caso de las mujeres. Sin embargo no hay demasiada animación fuera de esa zona en concreto. Algunos bares para turistas y poco más, a pesar de ser sábado a la tarde. Tomamos una cerveza en una terraza un poco cobijada del viento, pero aún así se nota la fría humedad ambiental.

Decidimos ir al supermercado, para una última compra, y probar a cenar en Ribeira Brava, un pueblo por el que ya hemos pasado cien veces pero que no hemos visitado.

En Ribeira existe un nudo de comunicaciones que une varias carreteras y las más de las veces se forma un poco de retención. Es un lugar vacacional con una larga calle con centro comercial y apartamentos turísticos. Aparcamos en el breve paseo marítimo. Anochece, la tarde es fría y apenas se ve gente por la calle. Decidimos cenar en uno de los pocos lugares que vemos abiertos, suponemos que en verano será un hervidero de gente pero a estas alturas de mayo apenas se vislumbra.

El restaurante Dom Luis parece haberse quedado anclado en mitad de los años 70. Así lo delatan sus sillas y mesas, los vetustos camareros y sobre todo los paneles de fotografías que lucen en la parte alta de los ventanales. Fotografías anejas que no podemos dejar de mirar toda la velada. La carta es amplia, pero la mayoría nos decicimos por el atún. Está correcto, aunque a Paco, como siempre, le parezca que está demasiado pasado, incluso incomible en su opinión. Las guarniciones son abundantes. Una vuelta a los pantalones de campana y a las cenas veraniegas de la niñez.

Retornamos a la casa para descansar y preparar la salida del día posterior, la última y en principio la más exigente.


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