Descubriendo la burocracia portuguesa e incapaces de encontrar la ruta señalada.
Indagamos en la web de turismo para enterarnos que las rutas principales de senderismo de la isla se denominan PR, que la mayoría estaban cerradas, por desprendimientos u obras, y que había que pagar un pase común de unos 52€ para poder hacer todas, así como indicar el día y la hora en que las deseábamos realizar. Para nuestra sorpresa, el día anterior no hubo forma de hacer ninguna reserva, ya que todas las citas aparecían ya cubiertas, ni hacer pago alguno por el pase. Así que decidimos ir a la capital, Funchal, a la mañana y visitar la oficina de turismo.
En Turismo, una empleada con pocas ganas de trabajar nos redirigió a un organismo público encargado de montes y bosques. Una vez llegados al edificio gubernamental, los funcionarios, sorprendidos por la visita, nos fueron pasando de despacho en despacho y de edificio en edificio hasta que finalmente alguien se apiadó de nosotros y nos atendió. Aunque poco nos resolvió ya que se siguió remitiendo a la web, que en ese momento funcionaba ya correcta y milagrosamente, y nos informó que, a pesar de lo que dijera la pagina web, todos los PR estaban abiertos.
Tras una breve reunión decidimos subir en coche hasta las cercanía del Pico Areeiro, una de las cimas más altas de la isla, y realizar allí una ruta.
La subida desde Funchal es espectacular. Jamás hemos visto unas rampas tan fuertes y tan continuas para acceder a los barrios altos de la ciudad. Resulta casi imposible imaginar ascender tamañas cuestas en bicicleta y menos andando cargando con la compra diaria. Parece toda una hazaña.
Ascendemos y el clima se complica, la lluvia arrecia, la niebla está baja y el frío es notable cuando bajamos de los coches en el parking del restaurante en el Paso do Poiso. Nos abrigamos y nos ponemos en marcha a pesar de las adversidades.
Observamos, cortando la carretera, una marca de PR que se dirige hacia ambos lados. Decidimos tomar el ramal de la izquierda y buscar la senda hacia el Pico Areeiro, pero tras vagar haciendo una breve circular por un bosque sin apenas visibilidad regresamos al punto de partida. Retomamos, y reintentamos, en la marca de la carretera y tomamos esta vez la de la derecha, pero de nuevo no encontramos ningún destino fiable y decidimos volver a los coches. Es entonces cuando Jon estalla, en uno de sus habituales enfados, quejándose de la escasa planificación y de la improvisación. Culpa de todos, tarea para todos. El berrinche suyo.
Ascendemos en auto hasta la zona del Pico Areiro, aparcamos en una zona azul sin vigilancia pero que todos pagan religiosamente, menos nosotros que comenzamos a ver el percal, y nos adentramos en el sendero sin pagar ningún permiso ni solicitar cita.
El sol va despejando la niebla y nos permite observar el espectáculo de unas calderas frondosas y profundas. Recorremos la senda de poco más de kilómetro y medio junto a un importante número de turistas y regresamos, encantados, a los coches para cambiarnos de ropa e ir a comer.
Casa de Abrigo do Poiso parece un refugio adecuado ante un clima tan adverso. Nos atienden enseguida, aunque la camarera que nos toma nota no está demasiado por la labor. Hacemos el pedido y las carnes y los pescados resultan secos y pasados de punto. Nos desquitamos con unos licores de la tierra. Justo para calentarse e irse.
Decidimos no volver a la casa directamente sino regresar por la costa y visitar los pueblos de la cara norte de la isla. Santana es un pueblo muy parecido a una aldea gallega. Un pequeño núcleo urbano y casas por doquier. Las carretera se complica y se estrecha sin posibilidad de túneles para facilitar la conducción por las montañas. Paramos junto a una típicas casas de Madeira para visitarlas y hacer alguna foto. Parecen más un reclamos turístico que otra cosa.
Continuamos viaje y tras una breve parada en una farmacia llegamos a Sao Vicente. Allí el río ha excavado un valle profundo entre paredes inmensas. La playa ha sido urbanizada con algunos hoteles, bares y supermercados. Visitamos una tienda de vinos inabarcable y descubrimos la poncha, una bebida alcohólica muy típica de Madeira, en un establecimiento muy peculiar que guardaba elementos marineros y agrícolas, como un museo etnográfico, mientras lo ambientaba musicalmente con reguetón en portugués. El local se llamaba Porto de abrigo.
Cogemos el coche temiendo atravesar el montañoso centro de la isla para poder llegar hasta la casa y descubrimos, para nuestra sorpresa, que la carretera de Sao Vicente a Ribeira Brava es rápida y ágil.
Regresamos a la casa con el deber de prepara con mimo la etapa del día siguiente. Apenas anduvimos, aún así os dejamos el track de día porque en algún momento del primer kilómetro está el cruce para el PR hasta la cima del Areeiro.





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